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Efemèrides

Vivim tan pendents de recordar efemèrides que se’ns oblida celebrar el present. Preservar la memòria és imprescindible, sí, però l’ús indiscriminat de recordatoris pot resultar un llast absurd que omple les nostres agendes de dies falsament especials, meres excuses per tapar la nostra indigència moral.

¿Por qué leer?

A mi modo de ver, la lectura es una actividad muy similar a la práctica del sexo. Intercambiamos fluidos, en este caso intelectuales, con autores, narradores y personajes de toda época, origen y condición. Penetramos en su intimidad y permitimos que ellos penetren en la nuestra, para luego recordarlos toda la vida u olvidarlos a las primeras de cambio. Gozamos de la promiscuidad lectora como pocos gozan de la sexual, y también arriesgamos la cordura en el intento, porque no hace falta ser Don Quijote para volverse loco por un libro y que luego te deje más tocado que una relación. Naturalmente, la mitificación del hábito lector es similar a la que sufre el sexual. En ambos casos, quienes más hablan del asunto no son necesariamente quienes más lo practican. De hecho, la estúpida mala conciencia por no leer se parece mucho a la absurda mala conciencia que suscita la abstinencia sexual. Si tuviéramos datos fiables de las actividades que han practicado nuestros congéneres de todas las épocas en la intimidad, la experiencia histórica nos demostraría que siempre han existido seres adultos razonablemente felices que jamás han practicado la lectura o el sexo, o incluso ambas actividades a la vez. Eso por no hablar del mal sexo cotidiano, tan cercano a las lecturas que nos asquean por su estulticia. Sea como sea, parece evidente que tanto la lectura como el sexo enriquecen nuestra experiencia.